Narra angustia tras temblor

El pánico se apoderó de la Ciudad de México. /Foto: Internet

El pánico se apoderó de la Ciudad de México. /Foto: Internet

Por José Zambrano info@purofutbolonline.com Waukegan, IL.-Residentes de la ciudad de México y estados aledaños como Puebla, Morelos, Estado de México, volvieron a sufrir la terrible experiencia de un temblor esta vez fue de magnitud 7.1 en la escala de Richter que dejó destrucción y cientos de muertos, curiosamente sucedió un 19 de septiembre, 32 años después del devastador terremoto de 1985, pero en medio de la tragedia se ha expresado el lado humano de miles de incansables voluntarios que en el mismo instante del temblor arriesgando sus propias vidas han ayudado en las labores de rescate. Un testimonio emitido vía telefónica un día después del temblor, todavía con las impresiones recientes y con la voz entrecortada, nuestro interlocutor de 72 años de edad de nombre Darío, un ex policía capitalino, narró la experiencia de haber estado en pleno centro de la ciudad de México y haber vivido en carne propia, por segunda vez,la trágica experiencia de los temblores. “El 19 de septiembre,ayer estaba trabajando como agente de seguridad en unas tiendas por el rumbo de la Merced, sobre la calle Anillo de Circunvalación, esa mañana llegamos mis nietos y yo una hora antes que abrieran los negocios, se veía como un día común y corriente, la gente en grandes cantidades haciendo sus compras, el ruido de los carros, los vendedores gritando‘páselemarchantita, qué va a llevar, qué le damos’. Había desayunado algo ligero en la mañana y pasada la una de la tarde,estaba planeando que iba a comer, usualmentenos turnamos para hacerlo, primero vamos unos y luego otros, porque hay que mantener la vigilancia de las tiendas que están bajo nuestra custodia, formé esa pequeña compañía de seguridad cuando me retiré de la policía. Trabajaba conmigo mi hijo Alfredo, quien por cierto falleció hace menos de un año en un accidente automovilístico, pero trabajan conmigo mis 2 nietos, hijos de él, y un grupo de muchachos, aclaró Darío. Esa mañana se había realizado el simulacro de evacuación organizado por el gobierno de la capital para prepararnos para evacuar en caso de un temblor, era 19 de septiembre, un aniversario más del devastador terremoto de 1985; en ese tiempo yo estaba activo como oficial de la policía capitalina, era patrullero y también me tocó vivir de primera mano esa experiencia. De repente,pasada la 1 de la tarde, volvió a sonar la alarma de evacuación, la gente empezó a salir a la calle corriendo de las tiendas y los edificios. La alarma nos estaba avisando instantes antes que sucediera el temblor,revisé mi reloj era la 1.14 de la tarde cuando empezó a temblar, eran movimientos muy bruscos, que a todos nos hizo perder el equilibrio, la gente a mi alrededor caía de un lado y a otro, muchos empezarona gritar, se oía el ruido de cristales rotos y cosas que caían al suelo, se fue la luz y todo se volvió un caos. Un señor que estaba a mi lado,que me vio caer al piso,me ayudó a levantarme y me dijo:‘agárrese de esta lámpara para que no se caiga’, me sentí mareado pero me aferré a la lámpara, era por demás porque la lámpara no ofrecía ninguna estabilidad, se mecía todo a nuestro alrededor. Fueron los instantes más angustiosos y largos de mis setentay tantos años de vida, se siente una gran desesperación y mucha impotencia, no hay nada en tu alrededor que te brinde seguridad, qué frágiles somos ante la fuerza de la naturaleza. Mucha gente lloraba a grito abierto, otros corrían desaforados a la calle, otros se hincaron para rezar en voz alta;cuando ya pasó todo, la desesperación fue peor, todo mundo quería alejarse lo más pronto posible de ahí, poco a poco empezaron a levantarse del piso, se sacudían el polvo e intentábamos volver a la normalidad. En el interior de la tienda, los empleados y el dueño se aseguraron que todos estuvieran bien, se veía un desastre, muchos aparadores y la mercancía estaba en el suelo. El patrón dio instrucciones que aseguraran todo y se fueran a sus casaspara asegurase que sus familias estuvieran bien. Busqué a mis nietos y me dirigí a toda prisa hacia las tiendas a su cargo, también todos los negocios habían cerrado, y los empleados debían ir con sus familiasa ver como estaban. Recuerdo que en los momentos más intensos del temblor, me acordé de mi familia, vivimos allá por eloriente de la ciudad por el Peñón de los baños, estaba desesperado y con la boca seca, me despedí de mis nietos y camine hacia el metro pero estaba cerrado, mucha gente en mi camino venían desesperados. Rostros llenos de lágrimas, desencajados, muchos con el miedo dibujado en el rostro, gritando con desesperación. En cuanto me pude controlar,intenté llamar por teléfono a mi familia pero las líneas se cayeron, no había servicio de manera que estábamos incomunicados. Quise salir volando de ahí, traté de tranquilizarme, porque sentía mi corazón muy acelerado, tenía que revisar mi nivel de azúcar en cuanto tuviera oportunidad pero deje eso para después, caminéhacia la estación del metro más cercana, los autos estaban parados en todas direcciones, el metro estaba fuera de servicio, no había servicio de autobuses ni de taxis, eso me provocó mucha ansiedad, tenía mucha urgencia de alejarme del centro de la ciudad e ir con mi familia para cerciorarme que estaban bien. La única forma de salir de ahí fue a pie, así que empecé a caminar rumbo a la avenida Zaragoza pasando por el edificio legislativo, a mi camino encontré a mucha gente en la calle, consolándose unos a otros y escuché a otros correr en busca de sus hijos en la escuela. Caminé y caminé, no sentí el cansancio ni nada, nunca había caminado tanto y a cada paso que daba tenía la misma sensación, pero curiosamente vi mucha gente joven caminando en sentido contrario rumbo al centro de la ciudad, con palas y picos en sus manos, iban a toda prisa. No supe cuánto tiempo pasó, pero habían sido horas y horas de caminar por la avenida Zaragoza, hasta que casi al anochecer finalmente llegué a casa, en cuanto abrí la puerta salieron a mi encuentro a abrazarme mi esposa y mi hija, y detrás de ellas, nuestros 8 perritos. Solo en esos momentos sentí cierta tranquilidad, aunque me preocupaba toda la gente que había salido afectada”, agrega.